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NECESITAN LÍMITES

NECESITAN LÍMITES

Está científicamente demostrado que nuestros hijos necesitan límites claros para que se pueda desarrollar una autoridad positiva y para que su estabilidad emocional sea acorde con sus posibilidades y necesidades.

Con frecuencia nos vemos envueltos en situaciones relacionales desagradables con nuestros hijos y nos lamentamos (casi siempre tarde) de haber llegado a esos extremos. Por ello es conveniente que reflexionemos sobre nuestra experiencia práctica, como padres y educadores que somos de nuestros hijos.  

Descubrir hasta qué punto son capaces de salirse con la suya es una tarea habitual para todos los niños. A nosotros, padres, nos corresponde ponerles los límites. En los niños más pequeños, la costumbre de hacer pucheros, discutir en exceso y utilizar un lenguaje en cierto modo cuestionable constituyen ejemplos de comportamiento que usted puede llegar a ignorar.

Si un niño dice una “palabrota” y ve que recibe una enfadada respuesta de sus padres, hermanos y conocidos, es probable que la use a la menor oportunidad. Ha descubierto que es eficaz llamando la atención. En cambio, si sus padres y conocidos le ignoran (usted no puede contar con los hermanos para ello), lo más probable es que él la rechace por ineficaz.

Los berrinches también pueden ser, en ocasiones, tácticas para atraer la atención. Cuando son empleados de ese modo, es bueno ignorar el alboroto y dar paso a un tiempo de reflexión (tiempo de silencio que durará hasta que el niño esté dispuesto a comportarse). Es obvio que recomendamos ignorar al niño, siempre y cuando la situación planteada no revista gravedad alguna.

 

Es muy normal, en ocasiones, sentirse enfadado con los hijos. A veces, la forma más efectiva de manejar conductas inapropiadas se reduce a un afilado “¡NO!” o “¡BASTA!”  o bien “¡estoy enfadado contigo!”. 

 

Es mucho más positivo, a la larga:

– Explicar en pocas palabras y con claridad el porqué del enfado.

– No recurrir a insultos ni a tacos.

– Incluir siempre una pausa después de la “explosión”, para dejar las cosas en terreno neutral y recuperar la compostura.

– Una pausa supone un mayor impacto que los discursos y la cólera, los cuales pueden disminuir su credibilidad frente al niño.

– Por último, la pausa sirve también para dar a su hijo el tiempo necesario para que sus palabras le hagan efecto.

– Continuar, tras la pausa, aplicando las consecuencias oportunas.

 

Si le resulta difícil controlar su enfado, no tiene más que darle un tiempo de reflexión a su hijo, y tomárselo usted también. Permitir que su hijo afronte las consecuencias naturales que se desprenden de su comportamiento, y que no recaigan directamente sobre usted es, con frecuencia, la mejor manera de conseguir que comprenda.

Así, por ejemplo, si su hijo no hace los deberes, deberá afrontar las consecuencias al día siguiente en clase. 

En conclusión, debemos caer en la cuenta de que educar es un arte y que tenemos que reflexionar sobre nuestra práctica educativa.

Si lo hacemos, podremos mejorarla y, con ello, a nuestros hijos.

Mucho ánimo que merece la pena.

NECESITAN LÍMITES