Las madres y padres nos empeñamos constantemente en hacerles las cosas a nuestros hijos. Incluso cuando ellos son capaces de hacerlo por sí mismos.
Les traemos la maleta del cole, les hacemos los resúmenes para que estudien más rápido, les amarramos los cordones, les peinamos, les ponemos la mesa, les hacemos la cama… No caemos en la cuenta de que cuando hacemos algo que ellos puedan hacer les estamos anulando su voluntad.
O, al menos, estaremos frenando su desarrollo.
Justo lo contrario de lo que queremos. No nos podremos quejar luego de que nuestros hijos son “flojetes” ya que así los hemos forjado, aunque haya sido inconscientemente y con la mejor de nuestras intenciones.
La clave de la educación de nuestros hijos no está en que nosotros hagamos sino en que nosotros seamos capaces de hacer que ellos hagan. Por eso la educación es un arte. Muy complicado, por cierto.
El criterio de “hacer hacer” consiste en que nada que pueda ser realizado por nuestro hijo/a debe ser realizado por nosotros, sus padres.
Si es capaz de amarrarse los cordones, no debemos hacerlo nosotros porque le estaremos impidiendo que aprenda y se desarrolle y se sienta útil y capaz de hacer sus cosas por sí mismo. Estaremos arrinconando su autonomía y al final sólo conseguiremos formar personas frágiles de carácter y con una voluntad tronchada.
En el ámbito escolar pasa lo mismo. Estamos demasiado encima de sus tareas, de sus responsabilidades. Hay madres y padres que le hacen a su hijo el resumen del tema para que se lo estudie mejor y más rápido. Así sólo estaremos impidiendo que aprenda a estudiar y que tenga la habilidad y la voluntad de hacerlo correctamente. Es un parche que frena su estilo de aprendizaje.
En numerosas ocasiones invadimos el espacio de responsabilidad que le corresponde a nuestro hijo/a. Y en muchos casos, esto se debe a otras causas igualmente profundas. A veces, les solemos hacer estas cosas para que ellos no las hagan y de esta forma agradarles y obtener su afectividad y cercanía.
No nos damos cuenta de que si no tenemos su afectividad y cercanía es porque la estamos perdiendo en otro tipo de conductas como, por ejemplo, con la pérdida de la autoridad positiva derivada de la falta de unos adecuados criterios, límites y valores.
Les queremos demostrar nuestro amor haciendo que ellos se esfuercen menos y no paramos de decir “pobresito, mi niño”. Esta falta de conciencia de lo que nos estamos jugando con nuestros hijos no hace más que empeorar las cosas.
No nos extrañe, entonces, que sea frecuente encontrarnos muchos niños que no dudan en faltarle el respeto a sus padres, que no quieren estudiar y que se comportan frecuentemente de una manera caprichosa, egoísta e irresponsable.
Por eso, es importante que reflexionemos sobre este criterio que hoy llamamos el de hacer hacer. No es fácil pero sí es muy importante y útil para nuestros hijos y para nosotros.
Ánimo, que merece la pena.
