Hemos pasado de comportamientos excesivamente autoritarios a contextos excesivamente permisivos. De una situación a la contraria. Sin término medio.
Hay una fuerte crisis de valores. O, mejor dicho, tenemos unos valores que no sirven para afrontar la sociedad presente y futura con garantías de éxito.
Es necesario un cambio de valores. Muchas familias, en su desesperación, claman al cielo por ello. Estamos ante una situación de desconcierto que mina el ánimo y el estímulo del alumno. Fruto de la presión ambiental, muchos padres han pasado de ser padres, a convertirse (o intentarlo) en “colegas” de sus hijos.
Triste error que deja “huérfanos” a muchos niños. Si soy colega o amigo de mis hijos, ellos se quedan sin padre, como dice el Juez Calatayud. Menuda desgracia. Estas actitudes paternas provocan que los niños no respeten a sus padres y mayores. Discuten y cuestionan, permanentemente, sus principios y normas. Es el pan nuestro de cada día el encontrarnos con la falta de respeto y la habitual confrontación entre padres e hijos.
Esta pugna se traslada a la escuela con más crudeza, si cabe, porque las relaciones de amor que se dan en el seno familiar no se dan con tanta intensidad en el medio escolar. Hablamos del comportamiento pendular de nuestras familias también cuando hacemos referencia a los dos extremos educativos. Más bien, des-educativos.
El primero de ellos es la hiperprotección o sobreprotección. Nuestra sociedad es excesivamente permisiva. En esta sociedad, un tanto opulenta, el capricho no está siendo controlado. Las demandas no necesarias de nuestros hijos, aleccionados por la colonización publicitaria de nuestras mentes y corazones; hacen que nuestros hijos (y nietos) estén, como vulgarmente se dice, maleducados.
Sobreprotegidos, en suma. Se convierten así en hijos complicados de llevar. En alumnos complicados para el profesorado porque cuando le tenemos que reñir, o sancionar, no encontramos el respaldo de los padres. Más bien al contrario, frecuentemente los tenemos en frente. Cuando los padres no respaldan al profesor en sus medidas sancionadoras, la autoridad del profesor se debilita.
Un profesor con la autoridad debilitada y el prestigio por los suelos no es un referente para que sus alumnos sigan sus enseñanzas y tengan motivación para asumir los valores propuestos.
El polo opuesto a la hiperprotección es el abandono. Ésta es otra característica de no pocas familias de nuestra sociedad actual. Estamos llamando abandono a la situación de despreocupación por la formación de los hijos.
También se dan abandonos de mayor calado, pero, en este caso, no nos referimos a ellos sino al abandono en el tesón por procurar la formación integral para el pleno desarrollo que nuestro Código Civil nos plantea como obligación de los padres.
En conclusión, la hiperprotección y el abandono son dos características pendulares que inciden, y de manera muy importante, en el fracaso escolar.
La sociedad tiene la palabra.
