A veces, los hijos ven que sus padres mienten a otros adultos e, incluso, a sus propios hijos. Por muy justificadas que crean estas faltas a la verdad, lo único que muestran a sus hijos es el camino de la mentira. Luego no podrán lamentarse de que sus hijos no les crean y habrán perdido la fuerza moral para exigir a sus hijos que no les mientan.
La sinceridad es decir y actuar siempre con la verdad. Decir las cosas como son, sin inventar, agrandar o quitar. La sinceridad siempre trae paz y libertad. Es fundamental comprender el valor de la integridad, de la transparencia y de la sinceridad; comprender lo triste que es vivir con máscaras, con divisiones, con dobleces o hipocresías.
Si hay unión entre lo que piensas y lo que crees, entre lo que dices y lo que haces, estás siendo una persona auténtica. Se trata de mantener la fidelidad a la palabra dada y la vivencia de los principios éticos. Si notas que hay congruencia entre lo que tu hijo piensa y lo que cree, lo que dice y lo que hace, puedes estar seguro de que va adquiriendo esta virtud.
No hay mejor tesoro que puedas dejar a tus hijos por herencia, que una conciencia rectamente formada y una sinceridad inquebrantable. Con estas dos armas, puedes estar seguro de que llegarán a su meta, a cumplir su ideal y a realizarse plenamente como personas.
Debemos enseñar a nuestros hijos a asumir las consecuencias de sus actos. Todo acto bueno conlleva una consecuencia positiva, todo acto malo un resultado negativo. Debemos tener mucho cuidado con las mentiras. Tenemos que motivar a que siempre digan la verdad, aunque ello les cueste trabajo.
Démonos tiempo para preguntar y saber escuchar, así iremos afinando su conciencia. Confiemos mucho en ellos, pero seamos también su “ángel de la guarda”: vigilemos sus reuniones, amistades, salidas, los programas que ven, los chateos que tienen… pero sin que se sientan perseguidos y agobiados.
Es nuestra responsabilidad como padres el velar por ellos.
Mostrémonos dispuestos al diálogo para que no teman decirnos las cosas. Seamos comprensivos y bondadosos, pero sin dejar de exigir. Suaves en la forma, pero firmes en el fondo. Ayudémosles a escoger sus influencias para que sean libres, no manipulados culturalmente.
Escojamos una seria formación para que sus valores estén orientados hacia la construcción de un mundo más justo, solidario y fraterno. Tenemos que animar a nuestros hijos para que sean activos constructores de la sociedad del amor.
Esforcémonos para que nuestros hijos busquen siempre la verdad.
Merece la pena.
