Los padres nos olvidamos muchas veces de que nuestros hijos nos están viendo.
Aunque no caigamos en la cuenta, ellos están ahí y se dan cuenta de lo que hacemos. Más aún, ellos aprenden de lo que hacemos. Sean cosas buenas o cosas mal hechas.
El ejemplo es la mejor herramienta educativa con que cuenta la familia. La ejemplaridad de las acciones tiene gran impacto en el niño, cuyo tono vital, actitud y valores dependerán en gran parte de lo que observa e imita.
La familia es escuela de vida y los padres, educadores naturales. Cronológicamente, los niños son primero hijos, y después, alumnos. Es decir, que antes de acudir a los centros escolares los niños ya han recibido numerosas influencias formativas en el hogar pues el ambiente que los rodea condiciona poderosamente el desarrollo de su personalidad.
Como comunidad de amor y de educación, la familia brinda desde el nacimiento los estímulos que satisfacen las necesidades emocionales, al tiempo que se garantiza el desarrollo psíquico y físico de los pequeños. En esta institución se adquieren el lenguaje, la afectividad, la identidad personal, las primeras destrezas musculares, así como el estilo convivencial básico.
En el hogar el niño crece, madura, se hace humano, recibe lo que necesita para la forja de la personalidad, es querido por lo que verdaderamente es. Las relaciones –estrictamente personales– que se establecen entre padres e hijos constituyen la fuente principal de la que emanan los aprendizajes emocionales, sociales y morales.
Frente a las clases teóricas del colegio, el niño en casa observa el comportamiento de los padres que, por cierto, tiene un mayor impacto formativo que las recomendaciones verbales que ellos mismos puedan hacer. Se quiera o no, ya desde la temprana infancia, gozan de más credibilidad las obras que las palabras.
Con razón se ha difundido el dicho: “el mejor predicador es el ejemplo”.
El ejemplo benéfico que los padres ofrecen a los hijos se reparte en tres modalidades interdependientes: el trato interpersonal, a menudo concretado en la cortesía y cordialidad que presiden las relaciones familiares; el porte, en el que se incluye la higiene, la postura, la corrección al hablar, la disposición, etc., y la utilización de materiales, sobre todo en lo concerniente al orden y cuidado de los enseres del hogar.
Estos pequeños actos de la vida familiar diaria, insertos en un marco de calor, contribuyen con más eficacia que el mejor de los discursos a crear y reforzar en el niño hábitos personales y sociales positivos.
La trascendencia del ejemplo es tal que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue vigente el enunciado de Séneca: “Lenta es la enseñanza por medio de teorías; rápida y eficaz por medio de ejemplos”.
Así que ya saben, queridos padres, nuestro ejemplo puede hacer mejores a nuestros hijos.
O peores.
De nosotros depende.
Ánimo, que la cuestión merece la pena.
